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Sobre mí

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Soy Marina Gil, fotógrafa y videógrafa de bodas en Huesca, el Pirineo Aragonés y Zaragoza y soy muy consciente de que mi trabajo conlleva una gran responsabilidad. Voy a estar en uno de los días más importantes de vuestra vida, y nada se me puede escapar.

Llevo diez años con una cámara en la mano. Y no, nunca fui de esas chicas que se llevaban la cámara digital de fiesta los sábados para inmortalizar la salida nocturna.

De Chile a las horas de biblioteca

Todo empezó en Chile, donde fui a terminar la carrera de Trabajo Social. Una amiga estaba acabando Audiovisual y nos hacía fotos a los que vivíamos con ella para los ejercicios de clase. Cuando viajábamos por el país en los días libres, ella fotografiaba cada instante cotidiano del camino. Al llegar, abría un programa, les ponía un filtro y subía las fotos a Facebook.

Ver cómo contaba con imágenes la crónica de lo que acabábamos de vivir me cautivó. Así que, en los siguientes viajes, empecé a hacer lo mismo con una cámara que me había llevado y que no estaba usando.

Al volver, mientras me preparaba unas oposiciones, me apunté a una escuela de fotografía. Y como os podéis imaginar, esas cuatro horas semanales después de tantas horas de biblioteca eran mi momento más feliz.

Mi primera boda (y un dolor de brazo)

Después vinieron, como le pasa a todos, las fotos a flores, los retratos a amigas a las que engañaba para que posaran, las gotas de rocío en las plantas. Luego algunos conciertos, algunas sesiones encargadas... hasta que una fotógrafa que conocía, desbordada de trabajo, se acordó de mí y me recomendó a otra fotógrafa de bodas.

—¿Has hecho bodas alguna vez?— me preguntó.

—No— le dije —Pero creo que puedo hacerlo.

Me comentó que con la cámara que tenía no tendría suficiente calidad. Le pregunté cuál tenía ella y le dije: “Si me la compro, ¿puedo hacer la boda contigo?”. Sonrió y dijo que sí.

Al día siguiente me la compré. Una semana después me había llegado. La víspera de la boda quedé con unos amigos para hacerles unas fotos de pareja y cogerle el tranquillo. Y al día siguiente —que además era mi cumpleaños, el 6 de mayo— hice mi primera boda.

Cargué con esa cámara durante doce horas. Pensé que se me iba a caer el brazo, pero lo disfruté muchísimo.

El salto en solitario y la llegada del vídeo

Después de aquella primera experiencia, hice muchas más bodas con esa compañera durante varios años, y también con otros profesionales, hasta que a los dos años me salió mi primera boda propia. Tras esa, gracias al boca a boca, vinieron muchas más. Vi que este trabajo realmente me llenaba, así que decidí no renovar mi contrato como trabajadora social y dedicarme plenamente a esto.

Experimenté con recién nacidos, arquitectura, comuniones... pero entonces llegó el vídeo. Empecé haciendo vídeos de conciertos en la Sala El Veintiuno de Huesca, y desde ahí comencé a incorporarlo también en las bodas.

Descubrí que el vídeo tenía un no sé qué que la fotografía no tiene. Poco a poco fue ganando terreno en todo lo que hacía, hasta ofrecer hoy las dos cosas indistintamente. Con el vídeo puedo crear la historia dos veces: cuando la grabo y cuando la edito. Y eso me tiene enamorada.

Mi filosofía: El "Modo Ninja"

 

Me gusta lo que hago. Me gusta de verdad. Vivir las experiencias que he vivido ha sido posible porque tenía una cámara en la mano. No sabéis las veces que, trabajando, me he dicho: “Madre mía, qué afortunada soy de estar aquí”. Y en una boda, eso lo siento más que en ningún otro sitio.

Me encanta no perderme nada pero camuflarme entre los invitados para que nadie tenga que posar y salgáis todos naturales, tal y como sois. Mis parejas dicen que activo el modo ninja, y no les falta razón.

No solo soy fotógrafa:

  • Recojo colas de novia como nadie.

  • Coloco tirantes y os aconsejo en lo que necesitéis.

  • Siempre tengo a mano una mirada cómplice y nunca se me olvida un pañuelo por si en la ceremonia os hace falta.

Siempre acabo llevándome genial con algún familiar, pero a la vez me gusta pasar desapercibida. Yo no soy la protagonista. Me emociono muchas veces; es el signo de que me importa lo que hago, y de que me importáis vosotros.

Quizá por mi deformación profesional como trabajadora social, para mí es vital que os sintáis a gusto conmigo desde el primer momento. Creo un espacio de confianza y conexión para que estéis tan relajados que se vea quiénes sois de verdad —y eso es lo que engancha.

Otras personas que han confiado en mí me dicen que sienten que no solo fui su fotógrafa, sino que de alguna forma acabé formando parte de su día. Nada puede hacerme más feliz.

La belleza enciende mi chispa. Y las historias comunes son las más extraordinarias.

¿Creamos algo precioso juntos?

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